No solo la devastación de la infraestructura de cientos de escuelas ha puesto en jaque a nuestro sistema educativo. No solamente el retraso en el inicio de clases nos han puesto a pensar en la estabilidad del año escolar que, por lo general, sirve como el irrevocable rejoj despertador del año; no han sido solamente nuestros horarios y bolsillos los que han debido ajustarse más que todos los años.
Nuestros alumnos (hablo ahora como docente) han sido uno de los grupos más afectados -y olvidados- a la hora de enfrentarnos, como país, a la reconstrucción nacional. Esto, no desde la necesidad de devolverles a nuestros estudiantes sus espacios educativos y dotarlos de efectivos planes de evacuación en caso de sismo, sino desde una mirada más amplia, concerniente a las exigencias psicológicas a las que se han visto enfrentados. Si bien se han dado algunos pasos en vías de reestablecer la regularidad del año escolar, adolescemos de una visión de túnel en lo que a diagnóstico respecta. Se ha comenzado por resolver lo urgente, devolviendo a nuestros niños y adolescentes su derecho a la Educación; sin embargo, hay aspectos importantes que hemos dejado de lado. Dentro de ellos, quiero referirme específicamente al manejo del estrés post traumático en los ambientes escolares.
